En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

23.00. Primeros movimientos de reforma

La idea de la pobreza voluntaria por amor a Cristo y los intentos por restaurar el cristianismo puro y sencillo del NT, habían tenido consecuencias de largo alcance.

Algunos grupos de "hombres pobres" del siglo XII, como los seguidores de Arnoldo de Brescia (1100-1155) y Pedro Valdo, de Lyon, Francia (c. 1173), terminaron desafiando a todo el sistema papal, y en algunos casos llamando a la iglesia Babilonia y al papa anticristo.

Todos estos movimientos eran, en realidad, parte de un fermento de disensión que durante siglos había desafiado la jactanciosa unidad de la iglesia.

En el norte de Italia estaban los patarinos (c. 1056), quienes atacaban la inmoralidad de los clérigos.

Estaban los pasagianos, una extraña secta que andaba por Lombardía amonestando a todos a que abrazaran el Evangelio puro.

Los sabatati tenían una costumbre muy singular: usaban zapatos de madera (sabots) con el símbolo de una cruz como señal de su secta.

Los cátaros, literalmente "los puros" (relacionados con los bogomiles, procedentes de Bulgaria), vivían en Lombardía en el siglo XI; pero se esparcieron por toda Europa occidental, y de ellos salió un grupo llamado los albigenses, que vivieron en el sur de Francia.

Aunque algunos de estos grupos eran parcialmente heréticos en lo que se refiere a doctrinas, la pureza de sus vidas despertaba la admiración del pueblo y la ira de los clérigos de vida fácil.

Los albigenses fueron aniquilados por una cruzada lanzada contra ellos en 1208.

Los más destacados de todos los grupos disidentes, y que aún sobreviven en el norte de Italia, fueron los valdenses. Cuando Pedro Valdo y sus seguidores fueron expulsados de Lyon, Francia, se establecieron en Lombardía, en el norte de Italia.

Allí se unieron a otros grupos de disidentes más antiguos, y nutrieron la ya sembrada semilla de la disidencia.

Estos valdenses francoitalianos se extendieron por Suiza, Alemania, Austria, Bohemia, Moravia y otras regiones de Europa. Sus enseñanzas, conocidas por los escritos de sus oponentes católicos, eran completamente ortodoxas, o sea que estaban en armonía con el Credo de los apóstoles; pero como no obedecían a la autoridad de la Iglesia Católica eran clasificados como herejes.

La intensa persecución que se lanzó contra ellos los redujo gradualmente al estado en que se encuentran ahora en las montañas del norte de Italia, al oeste de Turín.

Los valdenses tenían "barbas" o pastores que atendían a las congregaciones y viajaban como misioneros y supervisores.

Celebraban la cena de la comunión en forma más sencilla que la misa, y no creían en la doctrina de la transubstanciación.

Eran conocidos por su fe en la Biblia como la Palabra de Dios, y distribuían copias manuscritas de ella en la lengua del pueblo.

Los valdenses rechazaban la invocación a María y a los santos, desaprobaban los juramentos y la pena de muerte, e ignoraban la prohibición papal de que predicaran. Algunos rechazaban la doctrina del purgatorio. Tampoco creían en los días santos de la iglesia, aunque la mayor parte de ellos guardaban el domingo.

Los valdenses saludaron con regocijo los comienzos de la Reforma y unieron sus fuerzas con los protestantes de Francia y Suiza.

Esto produjo, por supuesto, la más terrible persecución de los gobernantes franceses e italianos durante un siglo o más, hasta que finalmente les fue concedida la libertad religiosa por el duque de Saboya en 1694.

Los valdenses forman parte actualmente de la familia presbiteriana de iglesias.

Hus y Jerónimo comenzaron a enseñar doctrinas de la Reforma en la ciudad morava de Praga, en los últimos años del siglo XIV. Esta predicación les costó la vida, pero dio comienzo al movimiento de reforma utraquista (comunión con ambas especies), al movimiento taborista y a la Unitas Fratrum o Fraternidad bohemia, o Fraternidad checa. Estos grupos estuvieron cerca de ganarse a todos los checos, moravos y eslovacos.

Los ejércitos imperiales lanzaron guerras contra ellos; pero no pudieron extinguir el fuego evangélico que habían iniciado.

Los Países Bajos fueron despertados en el siglo XV, pues los Hermanos de la Vida Común, un movimiento semimonástico de hombres de espíritu contemplativo y pietista, comenzaron a hablar en una nueva forma de la fe y del Evangelio.

Todos estos movimientos, dentro o fuera de la iglesia popular, intentaban en diferentes maneras restaurar el Evangelio típico del cristianismo.

El combustible para la Reforma ya estaba puesto. Ahora sólo faltaba que las chispas saltaran en el momento oportuno de una personalidad escogida para que comenzara el incendio de un gran despertar espiritual. Las mentes y las almas de la gente estaban esperando la liberación y el descanso que traería la Reforma.