En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

12.01. Los montanistas

Los montanistas eran una secta con metas espirituales muy elevadas. Una de las razones para el surgimiento de esta secta se encuentra en la declinación de la influencia de los pneumatikoi o varones de los dones espirituales. Ya hemos presentado pruebas de la decadencia de ese grupo de personas. Montano ejerció una profunda influencia espiritual a fines del siglo II; comenzó predicando un mensaje de reforma en la provincia de Frigia. Afirmaba que él y sus más allegados poseían los dones del Espíritu, particularmente el espíritu de profecía. Predicaban reavivamiento y reforma y exhortaban a la iglesia para que abandonara la mundanalidad. Los montanistas se daban cuenta que ésta ya existía en sus tiempos, a fines del siglo II.

La secta, llena de un celo reformador, se extendió rápidamente. Estuvo a punto de ser aceptada como ortodoxa en Roma, pero finalmente fue declarada cismática. Tertuliano, el gran escritor latino y líder de la iglesia del norte del África, aceptó el montanismo y su espíritu reformador de todo corazón, y así propagó las ideas montanistas. Los montañistas usaban la terminología de Pablo para describirse a sí mismos y a los que se oponían a ellos. Se daban a sí mismos el nombre de pneumatikoi, y a sus opositores llamaban psuchikoi (naturales, carnales). Condenaban las segundas nupcias, consideraban el casamiento como una unión espiritual, y esperaban que esa unión se renovara después de la muerte.

Insistían en que fueran expulsados de la iglesia todos los que fueran culpables de crímenes. Imponían rígidos ayunos, propiciaban el celibato, alababan profusamente a los que habían sido martirizados y aun opinaban que debía aceptarse el martirio, pues sostenían que era ilícito huir de él en tiempo de persecución.

Para ellos la vida cristiana era no sólo el resultado de un comienzo milagroso, sino un milagro que se repetía constantemente. Afirmaban que para el progreso cristiano no valía nada que emanara de la forma natural de vivir o de un proceso normal de desarrollo mental y espiritual.

Aparentemente creían que el desarrollo de la experiencia religiosa en toda la comunidad debía pasar por cuatro etapas:
(1) religión natural, o el concepto innato de Dios;
(2) la religión del Antiguo Testamento;
(3) la encarnación de Cristo y el Evangelio que él ponía de manifiesto;
(4) la venida del Paracleto con el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, y particularmente con los dones del Espíritu sobre Montano.

De modo que creían que sus experiencias particulares determinarían las experiencias culminantes de la iglesia, y que la perfección de su mensaje en la iglesia conquistaría su triunfo en la tierra en la segunda venida de Jesucristo, su Señor. Esperaban ese segundo advenimiento muy poco después del surgimiento de ellos y de la propagación de su mensaje. Al principio, y no pocas veces después, la secta fue llamada la herejía frigia. Aún existía en el siglo V. Su impacto sobre la cristiandad modificó ciertas creencias de la Iglesia Católica. Los puntos de vista de Montano reaparecieron en varias manifestaciones diferentes entre las sectas de la Edad Media.

Debido en parte a su firme creencia en la presencia dinámica interior del Espíritu Santo, y en parte a la oposición de las autoridades administrativas de la iglesia contra los montanistas y su obra, éstos criticaban el creciente punto de vista católico, según el cual la autoridad de la iglesia consiste o está en los obispos.

Tertuliano dijo: " 'La iglesia', es cierto, estará dispuesta a perdonar pecados; pero (será) la iglesia del Espíritu, mediante un hombre espiritual; no la iglesia, la cual consiste de una cantidad de obispos" (De Pudicitia 21).