En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

1.02. La Revelación de Dios, la obra y el evangelio público


La Revelación de Dios
Los paganos temían a sus dioses - aquellos en los cuales aún creían - y los aplacaban con sacrificios y holocaustos sangrientos. Los judíos, conscientes de sus faltas, habían llegado al punto de ver a Dios, no como el Padre Creador que es, sino como una Deidad ofendida que buscaba la oportunidad de castigar a los desobedientes. Pensaban que podían aplacarlo con fin estricto régimen de vida, con un legalismo obligatorio y restrictivo, con una demostración pública de religiosidad. Su conciencia los impulsaba a procurar congraciarse con Dios mediante una rutina interminable de sacrificios requeridos por la ley; pero ese intento se frustraba por la falta de espiritualidad en sus corazones. Se esforzaban por ofrecer a Dios una justicia de hechura humana.

Jesús no vino a manifestar a Dios en lo que se refiere a su poder y su gloria visible, sino a mostrar ante la gente aquellos atributos proclamados a Moisés en el monte (Éxodo 33: 18 a 34: 9): sabiduría, misericordia y rectitud, y el atributo supremo del amor. Sólo Dios, y nadie más, podía dar esa revelación a los hombres que tanto se habían apartado de él, hasta el punto de que no pudieran resistir el esplendoroso fulgor de su gloria. La justicia debe venir de Dios.

De esa manera Jesús manifestó el amor bondadoso y las otras virtudes apacibles del benigno carácter de un Padre tierno y misericordioso. Predicaba de gloria y de condenación, pero destacaba el gozo en el Señor y la belleza de la santidad. Afirmó: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida... El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Juan 14: 6, 9). No la gloria visible –todavía no-, sino todo aquello con lo que él pudiera manifestar a Dios mientras estuviera en carne humana, fue vivido y enseñado por Jesús.

La obra
Jesús hacía grandes milagros bajo el poder del Espíritu Santo mientras vivía con su divinidad velada por la humanidad. Resucitaba a los muertos, sanaba a los enfermos, aquietaba las agitaciones de la naturaleza, reprendía y expulsaba a los demonios, los hacía salir de las vidas de las personas como una vez antes los había expulsado del cielo.

Alimentó los cuerpos hambrientos de la gente mediante la multiplicación milagrosa de los panes y los peces, y también alimentaba sus almas por medio de la multiplicación de las verdades espirituales. Cumplía su misión sin alardes, sin un exhibicionismo indebido. Constantemente era mal comprendido, con frecuencia calumniado; demostraba prudencia; muchas veces ordenaba a los sanados por sus curaciones que no revelaran quién los había socorrido. Pero a pesar de todo esto, sus obras eran hechas públicamente, y no podían menos que llamar la atención.

El evangelio público
Tenía que ser así. La gente debía conocer la misión de Jesús y su mensaje. Debía ser atraída hacia él. Y lo fue. No sólo doce sino setenta se pusieron directamente bajo su liderazgo, y hubo veces cuando millares lo siguieron. El testimonio terminó en Judea. Los samaritanos no quisieron oírlo porque "su aspecto era como de ir a Jerusalén" (Lucas 9: 53). Predicó en Galilea y trabajó allí vez tras vez; pero en Nazaret misma y en otros lugares la gente rechazó su ministerio.

Cuando se acercaba el fin de su obra en la tierra, permitió que la atención pública se concentrara más y más en él. La colina del Calvario se vislumbraba en el horizonte del tiempo, y la gente debía estar atenta cuando él subiera esa colina para morir en la cruz. Alimentó a cinco mil -sin contar las mujeres ni los niños- y después a cuatro mil; entre tanto sus discípulos esperaban que pudiera ser hecho rey. Cuando resucitó a Lázaro, toda la gente lo supo. Entró triunfalmente en Jerusalén mientras lo aclamaba el pueblo, y una corona real de nuevo apareció en la imaginación de sus discípulos. Y cuando llegó el fin, también lo supieron todos los judíos.