En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

17.00. Las cruzadas

El movimiento de las cruzadas es un extraño fenómeno de la Edad Media, que debe ser entendido teniendo en cuenta el feudalismo y las órdenes de caballería medievales.

La razón aparente de las cruzadas fue rescatar a Palestina de las manos de los infieles musulmanes. Palestina siempre había sido considerada por los cristianos como la Tierra Santa.

Constantino se había preocupado por preservar los lugares santos de la antigua tierra de Israel, y Carlomagno había hecho todo lo posible para proteger los sitios sagrados de esa tierra reverenciada, que había sido invadida por el Islam sólo unos pocos años antes de su reinado.

La marea árabe de invasores musulmanes prácticamente se había extinguido a comienzos del siglo X; pero el siglo XI vio la irrupción de una diferente clase de hombres: del este vinieron oleadas de turcos selyúcidas, los cuales entraron en contacto con el Islam y lo aceptaron con extremo fervor.

Invadieron la antigua Persia y el valle de Mesopotamia, y después cruzaron el Asia Menor, la moderna Turquía, que no había caído antes en manos musulmanas. Los turcos estaban virtualmente en las puertas de Constantinopla. Esto ocurrió en 1071, dos años antes de que Hildebrando fuera entronizado como el papa Gregorio Vll.

Alrededor de este mismo tiempo los turcos selyúcidas invadieron a Palestina y tomaron a Jerusalén. El emperador romano de Oriente buscó entonces la ayuda de Occidente, y el papa Gregorio comenzó a hacer los debidos planes; pero, por supuesto, la ayuda para el imperio de Oriente con sede en Constantinopla, no era lo único que movía a Gregorio.

En el siglo XI habían aumentado mucho las peregrinaciones a los lugares santos de Palestina; pero la presencia de los turcos selyúcidas había impedido esas empresas religiosas.

Cuando comenzó a fermentar en Occidente la idea de atacar a los turcos, los planes del papa Gregorio eran: despejar el camino para las peregrinaciones, liberar los lugares sagrados del Oriente y humillar al patriarca de Constantinopla, en respuesta a las súplicas del emperador romano de Oriente.

Pero Enrique IV mantenía ocupado a Gregorio, y no fue sino hasta 1095 que se hizo algo definido, cuando el papa Urbano II convocó un concilio en Clermont, Francia. El Oriente presionaba pidiendo ayuda. Los caudillos turcos habían comenzado a luchar entre sí. Las peregrinaciones encontraban cada vez más obstáculos.

Además, sufría el comercio occidental con el Oriente, y había otro problema que el papa debía resolver: continuaban sin tregua las pequeñas guerras entre los nobles feudales de la Europa occidental. Se derramaba sangre y castillos y pueblos estaban siendo destruidos con la consiguiente perturbación de la paz en los distritos rurales y en la agricultura.

En Clermont el papa exhortó con franqueza a los nobles de la Europa occidental a dejar de luchar entre sí y dedicar sus energías bélicas a los propósitos más nobles de liberar los santos lugares de Palestina del vil dominio de los musulmanes. La idea fue abrazada con fanática energía. "¡Dios lo quiere!", exclamó la muchedumbre.