En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

16.24. La reforma de la iglesia causada por la abadía de Cluny

La sede papal fue ocupada en los siglos IX y X por hombres débiles y con frecuencia impíos.

La iglesia decaía, y la vida espiritual y moral estaba trágicamente deteriorada. El nivel cultural era muy bajo.

Los sucesores de Carlomagno restauraron el título de emperador romano y se unieron mediante vínculos matrimoniales con la casa imperial de Constantinopla, y por un tiempo se tuvo la impresión de que el antiguo Imperio Romano sería restaurado y reunificado, pero no fue así.

Se intentó restaurar el prestigio del papado, y varios obispos alemanes que demostraron ser hábiles administradores ocuparon el trono papal en Roma. Esto hizo que el papado estuviera por un tiempo bajo la supervisión del poder imperial germano.

A mediados del siglo XI surgió en Francia un notable movimiento en favor de la reforma de la iglesia.

Comenzó en la abadía benedictina de Cluny, a 18 km. al noroeste de Macon, Francia. El abad de Cluny estableció un estricto reglamento para su monasterio; desde entonces salieron de ese lugar hombres consagrados, cuyo propósito era purificar la iglesia.

Esos reformadores fueron ganando posiciones de influencia en diversas partes de la Europa occidental, y finalmente llegaron a dominar la iglesia. La reforma de Cluny tenía un programa definido. Insistía principalmente en una reforma de la vida monástica, que se había deteriorado.

El monasterio tenía derecho, por supuesto, a exigir una reforma únicamente a nivel monástico; pero a medida que sus alumnos salían y ocupaban lugares de influencia en la iglesia, la reforma alcanzó un programa más amplio: exigía un cambio total en la vilda del clero, que las propiedades de la iglesia fueran administradas para el bien de la Iglesia y no de los que la administraban.

Los reformadores pedían, para lograr esos fines, que la iglesia fuera liberada del control de los reyes y de la nobleza porque, después de todo, no eran más que laicos, y también pedían pleno apoyo a los derechos de la iglesia.

Puesto que la mayoría de los obispos y abades de la iglesia, que ejercían gran influencia política, eran de sangre noble, fue necesario que los reyes y los duques consiguieran que se nombrara para altos cargos eclesiásticos a hombres que cooperaran con ellos en la administración de sus reinos y ducados.

Por eso llegó a ser común que los obispos y los abades fueran nombrados por el imperio y sus representantes, y los reformadores de Cluny insistían en que esta costumbre debía cesar. La investidura de obispos y abades debía estar bajo la autoridad del papa y depender de sus representantes sin la intervención de la aristocracia laica.

Los reformadores de Cluny condenaban, por lo tanto, el crimen de la simonía (la compra de cargos eclesiásticos) y el nombramiento de una persona para un cargo religioso por disposición de los laicos y no por intervención de los eclesiásticos.

Tales metas significaban nada menos que una reorganización completa de todo el sistema de sucesiones y nombramientos dentro de la iglesia, y hacía peligrar las muchas complicaciones políticas que manejaban los clérigos a su antojo.

Esto también implicaba el manejo de las inmensas propiedades de la iglesia, ampliamente dispersas y con frecuencia sometidas a un régimen feudal.

Se estima que esas propiedades alcanzaban en el siglo XI aproximadamente a un tercio de la riqueza en bienes raíces de la Europa occidental.

En resumen, la reforma de Cluny significaba una verdadera revolución.

A pesar de la amplia influencia de esta reforma persistieron grandes abusos y aun se hicieron más manifiestos; esto indujo a los fieles miembros de iglesia a empeñarse en persistentes esfuerzos para lograr una reforma genuina y completa.

El continuo rechazo por parte de las autoridades eclesiásticas más encumbradas, que no permitió que se corrigieran esos abusos, fue lo que más tarde convenció a Martín Lutero, como antes a Wyclef, Hus, Jerónimo y otros reformadores, de que el papado no tenía autoridad divina para regir las vidas y las conciencias de los hombres.