En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

13.04. Posición romana frente al cristianismo

Además, había algo en las enseñanzas cristianas que empeoraba su situación ante el gobierno romano. Los judíos eran un pueblo proselitista, por lo tanto, los romanos consideraron necesario en el siglo II promulgar una ley que prohibía a los judíos hacer prosélitos.

Los judíos no pretendían tener una fe universal, pero ofrecían a los paganos la posibilidad de aceptar el judaísmo como una especie de privilegio.

No sucedió así con el cristianismo. Los cristianos afirmaban desde el comienzo que pertenecían a la única religión verdadera, declaraban que tenían un mensaje de extensión mundial, invitaban a todos a que se les unieran si cumplían con las condiciones de creencia y rectitud, e insistían en que el cristianismo era universal en sus alcances.

No permitían rivales y eran fundamentalmente intolerantes con otras creencias. Por eso el cristianismo se presentó ante el mundo romano como una fe universal y conquistadora. Al principio fue burlado y ridiculizado, pero después fue temido como una amenaza para la vida romana.

Los judíos habían dicho: "No tenemos más rey que César" (Juan 19:15), pero este no era el caso de los cristianos.

Tenían un solo Señor, el Señor Jesucristo, y no querían aplicar el término "Señor" al César romano. Enseñaban públicamente que su Señor Jesucristo volvería como Rey de reyes y Señor de señores y dominaría el universo.

Ya fuera que lo dijeran con tanta claridad o no, estaba implícito en su enseñanza que ningún imperio terrenal, ni siquiera el de Roma, podría permanecer ante la presencia de un Rey tal (cf. Dan. 2:34-35, 44-45).

El Imperio Romano era un Estado consciente y seguro de sí mismo, y lleno de amor propio. No tenía rivales que pudieran disputarle su poder en su mundo mediterráneo. El Estado tenía que ser lo principal para cada ciudadano. El emperador, no importa cuán débil, necio o malo pudiera ser, personificaba el poder y la gloria del Estado romano.

Un Estado tal no podía tolerar secta alguna, no importa cuán buena fuera, si como centro de sus
enseñanzas tenía la creencia en un Rey supremo y divino que alguna vez destruiría todos los Estados, dominios y poderes.

El cristianismo exhortaba a la sociedad romana a que viviera una vida mejor, y eso causaba irritación. Los antiguos romanos, que entendían el valor de la moral, tenían una rígida ética.

Pero la moral cristiana no era del tipo de la romana, ni tampoco era una evolución de la tesis romana concerniente a los valores de la vida. Además, los romanos de los tiempos del Nuevo Testamento no vivían de acuerdo con su ética antigua.

Como consecuencia, la vida de los cristianos era un constante reproche para los romanos. Estos no entendían la forma cristiana de vivir. Si bien quizá respetaban a regañadientes al cristianismo, en realidad lo odiaban.