En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

3.02. EL DIACONADO

Se presentaron varias dificultades debido a la distribución de los bienes. El relato acerca del día de Pentecostés dice que muchos judíos que no eran de Palestina, llamados helenistas, o "griegos", se unieron a la iglesia. Entre éstos había viudas que pronto se quejaron de que no recibían la ayuda suficiente del fondo común.
Las quejas fueron insistentes, lo cual preocupó a los apóstoles en cuanto a su obra para el bien espiritual y el progreso de la iglesia. Entonces se propuso y se decidió que se eligieran siete hombres de buena reputación para que administraran los asuntos materiales de la iglesia.
En esos primeros tiempos no había edificios de iglesia, ni los hubo sino hasta dos siglos después, y como aún no se necesitaba dinero para pagar sueldos a los ministros o para enviar misioneros, se usaban los fondos donados para el sostén de los pobres y necesitados.
En una congregación compuesta de cinco a diez mil miembros, era natural que hubiera una gran cantidad de necesitados. Pero, para muchos, el hecho de unirse a la comunidad cristiana, en una ciudad tan llena de prejuicios contra el Nazareno como era la Jerusalén de entonces, tuvo que significar la pérdida de su empleo, y serios problemas sociales y económicos. Sin duda los siete primeros diáconos tuvieron mucho trabajo al ocuparse de las necesidades de los pobres y desvalidos de las congregaciones.
Los nombres de los siete fueron: Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás (Hech. 6: 5). Juzgando por los nombres, que son helenísticos, no eran judíos de Palestina. Por lo menos uno – Nicolás - evidentemente era gentil, pues es llamado "prosélito". Este grupo fue el prototipo de la orden posterior de los diáconos. Sin embargo, debe advertirse que los ancianos (llamados "presidentes") aparecen en el siglo II manejando los fondos de la iglesia (Justino Mártir, Primera apología 67); y es posible que los siete administradores elegidos constituyeran una base para la organización de los diáconos y de los ancianos (o presbíteros), cargos que Pablo reconocía (Hech. 14:23; 1 Tim. 3:8-13).