En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

1.05. LA EXPIACIÓN VICARIA

Es innecesaria la especulación en cuanto a quiénes, si los judíos o los romanos, causaron la muerte de Cristo, puesto que "él herido [o 'atormentado'] fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados" (Isa. 53: 5); "llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Ped. 2: 24).

En la mente de Dios siempre estuvo presente el plan que había dispuesto para hacer frente al pecado: que su Hijo viviera sin pecado en la tierra para demostrar así que su ley puede ser guardada; y que, aunque inocente, muriera y condenara al "pecado en la carne" (Rom. 8: 3), cumpliendo así el significado de los sacrificios del Antiguo Testamento y demostrando que la muerte es el resultado de violar la ley de Dios.

Cristo siempre pensó en cumplir con esa determinación y, por lo tanto, se encarnó, vivió intachablemente y dejó un ejemplo que todos podrían seguir con el poder divino (1 Ped. 2: 21-23). Gustó "la muerte por todos" (Heb. 2: 9) tomando sobre sí, en expiación vicaria, los pecados de todos los que aceptaran "una salvación tan grande" (Heb. 2: 3). Murió, como si él hubiera sido pecador, para impartir su justicia gratuitamente por los pecados de los hombres -aceptados en forma voluntaria-, e intercambió su vida por la muerte del pecador, sin pronunciar queja alguna (2 Cor. 5: 21). "Pasa de mí esta copa -oró-; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Luc. 22: 42).

No es necesario distribuir la culpa entre Caifás, Herodes y Pilato. El pecado, que dominaba a todos éstos, fue el que mató a Cristo, pues en las densas tinieblas de la cruz experimentó la separación de su Padre (Mat. 27: 46) y murió con el corazón quebrantado (Juan 19: 34-35). Murió por nosotros.