En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

35.08. Juan Wiclef - VIII

Poco después de su regreso a Inglaterra, Wiclef recibió del rey el nombramiento de rector de Lutterworth. Esto le convenció de que el monarca, cuando menos, no estaba descontento con la franqueza con que había hablado. Su influencia se dejó sentir en las resoluciones de la corte tanto como en las opiniones religiosas de la nación.

Pronto fueron lanzados contra Wiclef los rayos y las centellas papales. Tres bulas fueron enviadas a Inglaterra: a la universidad, al rey y a los prelados,¹ ordenando todas que se tomaran inmediatamente medidas decisivas para obligar a guardar silencio al maestro de herejía. (A. Neander, History of the Christian Religion and Church, período 6, sec. 2, parte I, párr. 8). ²

Sin embargo, antes de que se recibieran las bulas, los obispos, inspirados por su celo, habían citado a Wiclef a que compareciera ante ellos para ser juzgado; pero dos de los más poderosos príncipes del reino le acompañaron al tribunal, y el gentío que rodeaba el edificio y que se agolpó dentro de él dejó a los jueces tan cohibidos, que se suspendió el proceso y se le permitió a Wiclef que se retirara en paz. Poco después Eduardo III, a quien ya entrado en años procuraban indisponer los prelados contra el reformador, murió, y el antiguo protector de Wiclef llegó a ser regente del reino.

Pero la llegada de las bulas pontificales impuso a toda Inglaterra la orden perentoria de arrestar y encarcelar al hereje. Esto equivalía a una condenación a la hoguera. Ya parecía pues Wiclef destinado a ser pronto víctima de las venganzas de Roma.

Pero Aquel que había dicho a un ilustre patriarca: "No temas, . . . yo soy tu escudo" (Génesis 15: 1), volvió a extender su mano para proteger a su siervo, así que el que murió, no fue el reformador, sino Gregorio XI, el pontífice que había decretado su muerte, y los eclesiásticos que se habían reunido para el juicio de Wiclef se dispersaron.
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¹ Para un sumario de las bulas enviadas al arzobispo de Canterbury, al rey Edward, e ao canciller de la Universidad de Oxford, ver Merle d'Aubigne, The History of the Reformation in the Sixteenth Century (London: Blackie and Son, 1885), vol. 4, div. 7, p. 93; August Neander, General History of the Christian Church (Boston: Crocker and Brester, 1862), vol. 5, pp. 146, 147; George Sargeant, History of the Christian Church (Dallas: Frederick Publishing House, 1948), p. 323; Gotthard V. Lechler, John Wycliffe and His English Precursors (London: The Religious Tract Society, 1878), pp. 162-164; Philip Schaff, History of the Christian Church (New York: Charles Scribner's Sons, 1915), vol. 5, pt. 2, p. 317.

² El texto original de las bulas papales expedidas contra Wiclef, con la traducción inglesa, hállase en la obra de J. Foxe, Acts and Monuments, tomo 3, págs. 4-13 (ed. de Pratt-ToWnsend, Londres, 1870). Véase además J. Lewis, History of the Life and Sufferings of J. Wiclif, págs. 49-51, 305-314 (ed. de 1820); Lechler, Johann v. Wiclif und die Vorgeschichte der Reformation, cap. 5, sec. 2 (Leipzig, 1873).