En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

30.06. La Iglesia Católica en el siglo XIX

La Iglesia Católica también fue afectada por el liberalismo debido a los esfuerzos de Roberto de Lamennais; pero en 1850 esta tendencia hacia el liberalismo fue suprimida por lo que se conoce como el ultramontanismo ("más allá de las montañas"), una referencia a la sede del papa, más allá de los Alpes.

Los ultramontanos querían reformar la iglesia y hacerla depender enteramente del papa. Pío IX (1846-1878) eliminó completamente del catolicismo todo rastro de moderación.

En 1854 se proclamó el dogma de la inmaculada concepción de María.

El Syllabus (1864) acusaba a los Estados modernos de ser un medio de propagar indiferencia e irreligión. Condenaba como "plagas" la libertad de conciencia y las Sociedades Bíblicas.

El Concilio Vaticano I proclamó en 1870 la doctrina de la infalibilidad papal y la hizo retroactiva.

"Infalibilidad" significa que una decisión papal pronunciada ex cátedra - con el propósito de instruir a la iglesia en lo que debe creer y hacer - no puede ser errónea y tiene completa autoridad para la iglesia. De ese modo oficialmente se le puso fin a la cuestión de la autoridad suprema de la iglesia sobre la conciencia, que el Concilio de Trento dejó sin decidir.

La promulgación de este dogma causó una división en la iglesia. Hubo hombres como Gratry, Dupanloup y Maret, que prefirieron considerar los concilios como la última autoridad pero sólo dentro del ámbito de la iglesia.

Estos "viejos católicos" rehusaron aceptar la doctrina de la infalibilidad papal, y se apartaron de la Iglesia Católica Romana. Pero en la práctica los jesuitas y los redentoristas (orden fundada por Alfonso María de Ligorio en 1732) pudieron hacer que la victoria de la iglesia fuera completa. Los acontecimientos siguieron otra dirección en Alemania.

En 1873 Bismarck ordenó que tanto el culto católico como el protestante estuvieran bajo el control estatal. Los ministros debían ser preparados y nombrados por el Estado.

Por supuesto, los católicos ultramontanos se opusieron a esa política y lograron triunfar en una descomunal contienda conocida como Kulturkampf ("lucha por la cultura"), y en 1880 obligaron a Bismarck, conocido como el "canciller de hierro y sangre" a que aceptara sus demandas y desistiera de seguir atacando a la Iglesia Católica. Como necesitaba los votos de los católicos, llegó a un arreglo con el papa León XIII.

Una situación similar existía en Francia, donde surgió un creciente y poderoso movimiento anticlerical presidido por León Gambetta. Su santo y seña era "Clericalismo, éste es el enemigo".

Se hicieron grandes esfuerzos para liberar al país de la dominación de los sacerdotes, a quienes no se les permitió que siguieran enseñando en las escuelas públicas. Pero el peligro del ultramontanismo continuó existiendo, como quedó demostrado por el sensacional caso Dreyfus en 1898.

Finalmente, en 1905 se produjo en Francia la separación de la iglesia del Estado. La República garantizó la libertad de culto y se negó a reconocer o subvencionar a confesión religiosa alguna. Las propiedades de la iglesia continuaron perteneciendo al Estado, el cual las ponía gratuitamente a disposición de cualquier iglesia debidamente constituida que celebraba cultos en ellas.

El papa se opuso a esa ley de separación, y además manifestó su preocupación no sólo por la libertad de religión sino por el aumento del modernismo en las filas religiosas. Así lo expresó Pío X en su encíclica Pascendi Dominici Gregis, de 1907.