En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

30.04. La Revolución Francesa y el cristianismo

La Edad Media fue favorable para el incremento del poder papal, pero la influencia del racionalismo y el aumento del conocimiento en el siglo XVIII ayudaron al desarrollo del poder civil y político.

El secularismo encontró un terreno preparado especialmente en Francia. La Iglesia Galicana (francesa) había intentado poner un sello nacional sobre el catolicismo. Según el Concordato de Bolonia, 1516, los reyes tenían el derecho de nombrar a los obispos.

El poder del Estado aumentó aún más debido a la Reforma. En la Francia del siglo XVII el papa sólo tenía una jurisdicción limitada; estaba estrictamente reducido a asuntos religiosos; se le negaba toda interferencia en asuntos temporales.

Las comunidades civiles dejaron de ser consideradas como dependientes de la iglesia en el siglo XVIII, y el Estado ganó un ascendiente siempre mayor en Francia.

El Estado era considerado como un medio para alcanzar libertad y felicidad.

Esta noción predominó en varios países occidentales y aun en las colonias, y es la idea básica en la declaración de la independencia norteamericana, donde "la vida, la libertad y la prosecución de la felicidad" se mencionan como derechos inalienables del hombre.

La Revolución Francesa fue otro producto de este mismo concepto. Había urgencia de construir un mundo basado en los principios de libertad, igualdad y fraternidad y de concretar, por lo menos, un orden de cosas que respetara los "derechos del hombre".

Los hombres estaban listos para aceptar un cambio, y así terminó la sociedad feudal en Francia.

Las nuevas ideas tuvieron la virtud de crear un clima para la revolución, que comenzó en 1789 cuando los representantes de los tres Estados de Francia se reunieron en Versalles.

No tenían el propósito de derribar el gobierno de Luis XVI; sin embargo, había quejas contra los abusos en el sistema de impuestos, en la representación y por la injusticia general hacia la mayoría de la población que constituía el llamado "tercer Estado".

Se redactó una minuciosa constitución que limitaba el poder absoluto de la monarquía. Una sección de ella era la llamada "constitución civil del clero", por la cual la asamblea nacional reconocía la supremacía del Estado y afirmaba que la iglesia debía someterse a éste.

Cuando Francia declaró la guerra a Austria en 1792, la revolución apresuró el paso y se hizo más agresiva y violenta eliminando a los viejos "enemigos" del pueblo: los aristócratas y las instituciones sociales y políticas mediante las cuales ellos habían impuesto su voluntad.

La constitución fue anulada en junio de 1792, y en agosto el primer levantamiento popular serio condujo al aprisionamiento del rey y a su juicio y ejecución cinco meses más tarde.

Una ola anticristiana barrió el país en 1793 y se declaró la guerra a la religión. La razón fue deificada y las iglesias se convirtieron en los llamados "templos de la razón".

Los más violentos ateos dispusieron de un poder absoluto durante varias semanas; pero después de un corto lapso el culto de la razón fue reemplazado por el culto del Ser Supremo.

Cuando Napoleón llegó a ser primer cónsul celebró un concordato con la iglesia en 1801, en el que concedía al papado muchos de sus antiguos privilegios.