En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

17.03. La tercera cruzada

Una generación más tarde surgió en Egipto un gran caudillo sarraceno, Saladino.

Era éste un gran caballero del Islam, pero se indignó porque los francos de Jerusalén violaron una tregua, y entonces dio comienzo a una jihad o guerra santa contra los cruzados o reino de Jerusalén. Atacó fuertemente a Jerusalén y después un corto asedio cayó de nuevo en manos de los musulmanes en el último trimestre de 1187.

El resultado inmediato fue la declaración de la tercera cruzada (1189-1192), considerada como peculiar, pues fue promovida mediante la aprobación de un gran concilio de la iglesia y como resultado del profundo sentimiento reinante en Europa, de que Dios había permitido que Jerusalén cayera nuevamente en manos de los infieles para castigarla por sus pecados.

El emperador Federico Barbarroja avanzó hacia el este con una gran fuerza de caballeros alemanes, quienes, a pesar de sus esfuerzos, perecieron casi todos en las derrotas sufridas después de que el emperador se ahogó en forma accidental en el este de Asia Menor.

Ricardo I de Inglaterra y Felipe Augusto de Francia comandaron importantes contingentes en esta cruzada y lograron sitiar diversos lugares en Palestina; pero a pesar del magnífico liderazgo de la cruzada y de su cuidadosa organización, se logró muy poco.

La mayor parte de los tres años que pasaron dichos reyes en Palestina, transcurrió entre escaramuzas y treguas con Saladino.

El resultado fue el reconocimiento de los derechos mutuos en ciertas ciudades de Palestina y el privilegio que se concedía a los cristianos para que pudieran hacer sus peregrinaciones a los lugares santos de Jerusalén; sin embargo, la ciudad quedó en manos de Saladino.