En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

2.04. LA BOLSA COMÚN

Mientras estuvieron en compañía de su Señor antes de la ascensión, los discípulos se habían auxiliado de una bolsa común que dependía de las contribuciones (Luc. 8:2-3), y a ésta se recurría para alimento y limosnas (Juan 4: 8; 6: 5-7). Judas era el tesorero (cap. 13: 29).

El mismo sistema económico se practicó en la naciente iglesia. Había una tesorería común, a la que contribuían todos los que deseaban hacerlo y con la cantidad que quisieran. La unidad de esos primeros cristianos era espiritual, teológico, fraternal y económica; era efectiva en todas las relaciones mutuas de los creyentes.

La capacidad de la iglesia, dirigida por Dios, de procurarse sus propios medios para sostenerse, colocó a los seguidores de Cristo en la situación de no depender más económicamente de los judíos. La iglesia se bastó a sí misma. Su propósito supremo era testificar del Señor resucitado. Tenía poder, el don del Espíritu Santo. Rápidamente se desarrolló, convirtiéndose en una organización cuyos principios habían sido establecidos por el mismo Jesús cuando estuvo en la tierra.