La muerte de Constantino puso de manifiesto lo que fue siempre una debilidad de la constitución romana: la falta de una disposición establecida para la sucesión imperial.
El gobierno del imperio pasó a manos de los tres hijos de Constantino: uno tomó la parte occidental; otro, la central; y el tercero, la oriental.
El imperio no fue oficialmente dividido; pero sí lo fue su administración, siguiéndose el ejemplo de Diocleciano, predecesor de Constantino, de una distribución ineficaz.
De los tres hijos de Constantino, uno era arriano; y la iglesia del occidente, muy adversa al arrianismo, soportó sólo durante un tiempo el gobierno de un emperador arriano.