En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

16.06. Constantino y el cristianismo - IV

En esta nueva relación de la Iglesia con el Estado, los cristianos se estaban apartando de la tradicional política cristiana de no dejarse envolver en asuntos políticos. Hasta ahora los cristianos no habían ejercido el poder político.

Con frecuencia habían sido perseguidos por las autoridades civiles y religiosas. En estos asuntos se habían guiado por la instrucción de Jesús de darle a César lo que era de César (Mat. 22:21), respetando a los magistrados como instituidos por autoridad divina (Rom. 13:1-4).

Y cuando las autoridades les habían exigido transgredir los mandatos de su religión, habían repetido vez tras vez la admonición de Pedro: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hechos 5:29).

Tertuliano (c. 200 d. C.) escribió en su Apologeticus que la libertad religiosa era uno de los derechos inalienables del hombre. También afirmó que los cristianos no tenían por qué adorar al emperador, pero que hacían algo más útil: oraban por él.

Como un siglo después, Lactancio, uno de los padres de la iglesia latina y maestro del hijo de Constantino, subrayaba la providencia divina que había llevado a Constantino a ocupar el más alto puesto del imperio. Con todo, Constantino no hizo del cristianismo la religión del Estado; pero sí, en algunos aspectos, una rama o división del Estado.

La iglesia aceptó estos aparentes beneficios con agradecimiento, y no se dio cuenta de los peligros que acarreaban consigo hasta que se presentó el dilema de quién debía dirigir a la iglesia: sus propios líderes o el Estado que se había entrometido en los asuntos de la iglesia.