En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

12.11. Nicolaítas

Este nombre se usa por primera vez en el libro de Apocalipsis, en el mensaje a la iglesia de Efeso (cap. 2: 6), donde la "doctrina de los nicolaítas" se presenta como el equivalente en los tiempos apostólicos de la "doctrina de Balaam", quien instigó al pueblo de Israel para que cayera en la idolatría y la fornicación en el tiempo de Moisés (cf. Núm. 24; Apoc. 2:14).

No existe la historia de esa "doctrina", pero en el mensaje a Tiatira se dice que la mujer Jezabel origina la misma clase de males (Apoc. 2:20) que los que se atribuyen a la "doctrina de los nicolaítas".

Escritores cristianos posteriores se ocuparon del término "nicolaítas".

Ireneo, el primero que lo trató (Contra herejías i. 26), menciona como el fundador de esa secta a Nicolás, uno de los siete diáconos designados para que cuidaran de la administración de la iglesia primitiva (Hech. 6: 1-3, 5) y descrito como "prosélito de Antioquía".

Tertuliano, Hilario, Gregorio Niseno y Epifanio (Contra herejías i. 1, Herejía xxv) concuerdan en que está implicado el tal Nicolás, pero varían en el grado de culpabilidad que le atribuyen.

Un relato dice que Nicolás celaba muchísimo a su bella esposa, y que para vencer ese mal sentimiento cayó en el pecado peor de defender la promiscuidad.

Basándose en esto, se supone que un sector de la iglesia, compuesto sin duda de cristianos judaicos, habría caído en pecados semejantes a aquellos en que participaron los hebreos inducidos por el plan de Balaam.

Debe notarse que las mismas faltas contra las cuales amonestó el Señor en sus mensajes a Pérgamo y Tiatira (Apoc. 2: 12-29), estaban entre aquellas cosas prohibidas por el concilio de Jerusalén: "Que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos... y de fornicación" (Hech. 15:29).

Parece que el problema causado por los nicolaítas ya había surgido en el tiempo de este concilio, quizá en forma incipiente.

Pablo, al hacer frente a condiciones similares en Corinto, evidentemente no las consideraba como características de un movimiento definido (1 Cor. 5:16, 8; 10:5-11), aunque se refiere específicamente al caso de Israel con Balaam (1 Cor. 10: 8).

Pero Pedro (2 Ped. 2:9-22) y Judas (Jud. 4-13) hablaron con dureza acerca de miembros de la comunidad cristiana, que "en las fiestas de amor" (εν ταις αγαπαις en tais agapais - "ágapes" RV 1960) de los primeros tiempos relacionadas entonces con la Cena del Señor eran culpables de los males que se atribuyen a los nicolaítas.

Es una extraña coincidencia que por instigación de los judíos en la última parte del siglo II y en los comienzos del siglo III, los cristianos fueran acusados de faltas repulsivas relacionadas con sus fiestas. Esas acusaciones, similares a las atribuidas a los nicolaítas, fueron dirigidas por los paganos (Orígenes, Contra Celso vi. 27; Tertuliano, Ad Nationes 1. 14) contra los cristianos.

Aparte de estas acusaciones, difícilmente puede dudarse de que las transgresiones atribuidas a los nicolaítas no existieran dentro de cierto grupo de la iglesia primitiva. La pregunta que se debe responder es hasta qué punto los nicolaítas constituyeron un movimiento organizado, consciente de su existencia. Acerca de esto sólo hay los indicios dados en las referencias bíblicas citadas.