En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

3.01. EL APOSTOLADO

Para la supervisión de la buena marcha de la iglesia y para la organización que esto requería, así como para todos los otros asuntos pertinentes a la iglesia y al bienestar de sus miembros, éstos recurrían, naturalmente, a los apóstoles en busca de dirección. Estos eran los hombres que Jesús había escogido de entre los centenares que de tiempo en tiempo lo habían seguido, para que fueran sus discípulos. Eran sus "apóstoles" (del Gr. apostellô, "envío" y apostolos, "enviado"); o "misioneros" (del latín mitto, "envío" y missus, "enviado").

Judas Iscariote se había suicidado después de traicionar a Jesús, por lo tanto quedaban once: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, pescadores de oficio; Jacobo (o Santiago) y su hermano menor, Juan, hijos de Zebedeo, llamados Boanerges, hijos del trueno, también pescadores; pero Juan era conocido en la casa del sumo sacerdote (Juan 18:15) y, de acuerdo con una tradición consignada cien años después, tenía derecho a una categoría sacerdotal (Eusebio, Historia eclesiástica, v. 24.3); Felipe de Betsaida; su amigo Natanael, conocido también como Bartolomé; Leví Mateo, el publicano; Tomás, conocido como el incrédulo y también como Dídimo: "gemelo"; Jacobo "el menor", de la familia de Alfeo; Judas, conocido también como Lebeo, "por sobrenombre Tadeo", de la familia de uno llamado Jacobo; y Simón el Zelote (Mat. 10:24; Mar. 3:14-19; Luc. 6:13-16; Hech. 1:13). Judas Iscariote era quizá el discípulo más inteligente, el mejor preparado para triunfar en la vida; pero fracasó en máximo grado. Los otros fueron grandes sólo debido a la grandeza de su Señor; sabios sólo en la sabiduría de su Señor; tuvieron éxito sólo en el éxito de su Señor, quien había prometido actuar en ellos y mediante ellos.

Estos hombres, con Matías, que reemplazó a Judas Iscariote, fueron los instrumentos del Espíritu Santo en la administración de la iglesia. Conducían a los nuevos conversos a una vida espiritual más elevada y dirigían la distribución de los recursos del fondo común. Esta administración no fue una tarea fácil. Implicaba serias responsabilidades. Significaba atender las necesidades de personas que habían sido desplazadas de su ambiente habitual debido a sus nuevas convicciones religiosas. También implicaba tentaciones.
Ananías y Safira habían prometido cierta suma de dinero para el fondo común, y vendieron una propiedad para cumplir con su promesa. Cuando Ananías se encontró con Pedro para darle el dinero, fingió que le estaba entregando la cantidad total de la venta. Pero mintió al Espíritu Santo, y murió cuando Pedro se lo hizo notar. Un poco más tarde, ese mismo día, su esposa Safira trató de engañar de la misma manera, y también murió. Entonces "vino gran temor sobre toda la iglesia" (Hech. 5:11).

Este caso y los milagros que siguieron (Hech. 5:12-16) dieron a Pedro y a los otros apóstoles la oportunidad de predicar a Jesús. La inquebrantable persistencia de éstos en testificar de Cristo desafiando las órdenes de los dirigentes judíos, dio como resultado su arresto y encarcelamiento. Cuando el ángel del Señor los liberó, volvieron a su predicación, y de nuevo fueron arrestados. En ese momento Pedro estableció un principio permanente para regular las relaciones públicas de la iglesia en tiempos de dificultades:"Obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech. 5: 29). Los apóstoles podrían haber sido muertos si Dios no hubiera usado a Gamaliel para que interviniera en su favor. Ese gran maestro de los judíos instó a éstos para que fueran tolerantes. Entonces los apóstoles fueron azotados, se les ordenó que no siguieran predicando y se los dejó libres. En un lapso de sólo pocos meses habían experimentado la segunda persecución grave.