En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

2.03. LA RELACIÓN CON LA IGLESIA JUDÍA

Los discípulos no se separaron de la comunidad judía, pues se consideraban como un elemento reformador que daría nueva forma y nueva vida a ese antiguo cuerpo que estaba en decadencia. Los apóstoles pensaban que los conversos concentrarían de un modo especial su lealtad en Jesús como Mesías y Salvador, pero que se empeñarían con celo creciente en que el judaísmo se superara.

Por esto, era normal que Pedro y Juan fueran al templo a la hora del sacrificio y de la oración de la tarde, como siempre lo habían hecho cada vez que habían estado en Jerusalén. Una de estas visitas, poco después de Pentecostés, estuvo acompañada de una circunstancia muy peculiar. En la puerta del templo que se llamaba "la Hermosa", Pedro y Juan sanaron a un cojo en el nombre del Salvador crucificado y resucitado y por medio del poder del Espíritu (Hech. 3:1-10).

Pero este resultado adicional y maravilloso de Pentecostés fue rechazado por los dirigentes de los judíos. La investigación hecha dio como resultado que dichos dirigentes prohibieran terminantemente que desde ese momento se hiciera cualquier obra en el nombre de Jesús; prohibición que, por supuesto, los discípulos no obedecieron. Entonces comenzó la persecución. Este nuevo rechazo del cristianismo de parte de los judíos produciría una separación entre el judaísmo conservador y el cristianismo reformador.