En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

1.09. LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO

El Señor les dijo: "He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto" (Luc. 24: 49). Tenían que esperar el don del poder divino. No debían iniciar una tarea tan formidable como la evangelización del mundo confiando en su deplorable insuficiencia y debilidad. Cuando descendiera el poder debían ponerse en marcha, pero no antes.

Los discípulos ya habían experimentado la presencia del Espíritu Santo y algo de su poder. Así deben haber entendido algo del significado de la instrucción de Cristo de que permanecieran en Jerusalén hasta que descendiera abundantemente sobre ellos el poder del Espíritu.

Con la recepción del Espíritu vino una promesa de autoridad espiritual. A media que la iglesia cumpliera en la tierra la obra de preparar a los hombres para el cielo, el Espíritu de Dios cooperaría en la tierra con el cielo. La aceptación o el rechazo de los candidatos para el cielo afectaría, cuando fuera dirigida por el Espíritu omnipresente, tanto el registro terrenal como el celestial (Juan 20: 23). Reclamar el poder prometido del Espíritu sin una evidencia de la presencia y del dominio del Espíritu, es presunción.