En el juicio final,

los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad, porque descuidaron la oportunidad de aprender la verdad. No obstante los sofismas con que Satanás trata de establecer lo contrario, siempre es desastroso desobedecer a Dios. Debemos aplicar nuestros corazones a buscar la verdad. Todas las lecciones que Dios mandó registrar en su Palabra son para nuestra advertencia e instrucción. Fueron escritas para salvarnos del engaño. El descuidarlas nos traerá la ruina. Podemos estar seguros de que todo lo que contradiga la Palabra de Dios procede de Satanás.

1.04. La terminación del ministerio de Jesús


Antes de que terminara su vida terrenal, Jesús confió a sus discípulos la tarea de una gran comisión, cuyo cumplimiento los llevaría por todo el mundo. Los discípulos debían enseñar el mensaje evangélico y bautizar a cada uno que entrara en la iglesia. Por supuesto, el conocimiento de la voluntad y de las palabras de Cristo debía acompañar al bautismo mediante el cual la iglesia reconocía a sus nuevos miembros.

Y para que los discípulos tuvieran experiencia en esa obra y se familiarizaran con ella, Cristo envió primero a doce, después a setenta, de dos en dos. Debían llevar un mínimo de posesiones terrenales, pero muchísimo Poder espiritual. El envío de esos hombres no podía hacerse al azar, pues Jesús respetaba el orden. La mañana de la resurrección, antes de que Jesús se presentara ante su Padre, se detuvo para poner en orden los lienzos y el sudario (Juan 20: 5-7). El envio de los doce y de los setenta, y el mismo plan de la comisión evangélica, sólo podrían haber proseguido con buen orden y con método.

La iglesia estaba fundada sobre una base de sistema y organización.

Finalmente los recelos que los dirigentes tenían de Cristo y la incomprensión de la gente en cuanto a la condición y la obra del Mesías, llegaron a su clímax. Los judíos insistieron en que los romanos lo crucificaran, a lo cual accedió un servil y oportunista procurador romano: Poncio Pilato. Este procuró librarse de su responsabilidad en esta condena lavándose las manos; pero no hubo agua que pudiera quitarle su culpa. Y los judíos tomaron sobre ellos la responsabilidad con su horrible declaración: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mateo 27: 25).